Parece mentira, tanta estupidez, tanta hipocresía, tanta tozudez. Gente en la miseria, eso es lo que son, conformando el planeta del yugo y del dolor. La decisión del juicio final será la solución: destrucción. Se siente en el aire la fuerte tensión. Esta es la imponente furia de mi motor. Arrasará con todos y también con vos, que morirás llorando por blando que sos. La decisión del juicio final será la solución: destrucción.
"Destrucción", Rowek / Dorio / Civile / Zamarbide.
Seamos realistas. Vivimos en un momento en el que intentar ser distinto es lo corriente. El arte, en este caso el cine, no está exento de ello. Miles de ansiosos por explayar sus ideas, no sólo cineastas sino también actores, pintores, escultores -y un largo etcétera que nos incluye a los que utilizamos la palabra escrita- abrazan un posmodernismo donde no importa lo que se diga, sino cómo se lo dice. Tratamos de diferenciarnos del resto, de ser profundos e, incluso, un poco retorcidos. Negamos historias lineales y personajes chatos balbuceando banalidades. Ansiamos lo novedoso. ¿Está mal esto? Por supuesto que no, siempre y cuando se siga teniendo algo para decir. Sin embargo, tampoco se debe cometer el error de irse al otro extremo y, demagógicamente, poner cara de asquito cuando nos topamos con una historia donde el mensaje es vomitado en forma cruda y sanguinolenta, visceral. Porque admitámoslo, todos alguna vez disfrutamos de una historia así.
Sadomaster, de Germán Magariños, no es una joya del cine-arte (como las grandes cadenas de videoclubes insisten en llamar a tal rejunte de cosas), pero por otro lado, tampoco intenta serlo. Sadomaster es, ante todo, una película heavy metal dedicada al fallecido Norberto Pappo Napolitano, prócer del metal argento. Al que le guste bien y al que no, que se joda.
Escena de apertura. Un estudiante es baleado, golpeado, acuchillado y destripado a plena luz del día. Uno de sus ejecutores se justifica: "En el nuevo orden no hay lugar para homosexuales, comunistas, judíos. Vamos a refundar la nación, y sólo habrá lugar para los mejores hombres". Títulos. Tipografía ironmaidesca y una banda de sonido death thrash sobre fondo de torres gemelas derrumbándose.
Sadomaster busca chocar y lo logra. Sangre en exceso, mutilaciones de miembros, e incluso algo de perversión necrofílica. Repugnancia, asco y morbo. Un festín de violencia gratuita. O mejor dicho, barata, sin por ello dejar de lograr el efecto deseado (aunque por momentos se note que las tripas no son otra cosa que un inocente asado de tira). Pero, ¿es posible realizar una película gore con una cámara de mano y un presupuesto irrisorio? ¿Es justo exigírselo a sus realizadores? El film resuelve el dilema de una manera por lo menos curiosa, y como tantos otros pertenecientes al género, opta por parodiarse a sí mismo.
Un político garca y bigotudo que, desde el inodoro, habla por celular con "la jerarca", descendiente directa de Mengele. Al terminar la charla, sin levantarse de su asiento, abre la cortina de baño y exterioriza, sonriente, su placer por disparar sobre las sienes de un maniatado escondido en la bañera. Un noticiero de canal nueve con una conductora poco objetiva, tendenciosa y que, desligada de su rol de comunicadora, informa sobre la ola de violencia que azota a la ciudad. Un cura que, biblia en mano, hace la vista gorda. Un ejército de policías corruptos, ninjas nazis y enmascarados sádicos. Todos y cada uno de los personajes retratados son un manojo de estereotipos, de lugares comunes, hasta el punto de rozar con el patetismo. El género, en su imposibilidad de realismo, se burla de sí mismo, cargando a la obra de un humor sarcástico y un tanto cínico. Incluso el protagonista, el espíritu vengativo de un "gordito retrasado mental" reencarnado en otro cuerpo, no escapa de ello. Y es este juego de ida y vuelta entre lo cotidiano y el cliché, lo que le da un giro interesante a la obra
Estos personajes tan llenos de inmundicia, por un lado, y tan predecibles y estereotipados, por el otro, otorgan al espectador la irrealidad necesaria (moralmente hablando) para dejarse llevar por el film. Es tan válido el planteo de Sadomaster, es tan justa y legítima su venganza que uno logra entenderla, aceptarla e incluso compartirla. Y tarde o temprano, a pesar de que no aprobemos sus métodos sádicos, una sonrisa se nos dibujará en el rostro porque, a pesar de ser estereotipos exacerbados, no por ello están menos basados en la realidad, porque, de una manera u otra, uno no puede evitar verse reflejado en la pantalla. El asco está ahí, en nosotros, con nuestras creencias, ideologías y valores. La violencia existe, forma parte de lo cotidiano, y los que detentan el poder la ejercen cotidianamente sobre los que no lo hacemos, aunque por lo general de formas no tan explícitas. Somos concientes de que no hay forma de escapar de ello. Entonces, aunque prefiramos no admitirlo y negarlo hasta el cansancio, el deseo infantil e idealizado de ser el que imparte justicia por mano propia suena por momentos tentador. Y a bordo de nuestra moto, con un riff machacado y un doble bombo haciéndonos compañía, soñamos con liquidar uno a uno a esos hijos de puta. Un político garca y bigotudo que, desde el inodoro, habla por celular con "la jerarca", descendiente directa de Mengele. Al terminar la charla, sin levantarse de su asiento, abre la cortina de baño y exterioriza, sonriente, su placer por disparar sobre las sienes de un maniatado escondido en la bañera. Un noticiero de canal nueve con una conductora poco objetiva, tendenciosa y que, desligada de su rol de comunicadora, informa sobre la ola de violencia que azota a la ciudad. Un cura que, biblia en mano, hace la vista gorda. Un ejército de policías corruptos, ninjas nazis y enmascarados sádicos. Todos y cada uno de los personajes retratados son un manojo de estereotipos, de lugares comunes, hasta el punto de rozar con el patetismo. El género, en su imposibilidad de realismo, se burla de sí mismo, cargando a la obra de un humor sarcástico y un tanto cínico. Incluso el protagonista, el espíritu vengativo de un "gordito retrasado mental" reencarnado en otro cuerpo, no escapa de ello. Y es este juego de ida y vuelta entre lo cotidiano y el cliché, lo que le da un giro interesante a la obra
Estos personajes tan llenos de inmundicia, por un lado, y tan predecibles y estereotipados, por el otro, otorgan al espectador la irrealidad necesaria (moralmente hablando) para dejarse llevar por el film. Es tan válido el planteo de Sadomaster, es tan justa y legítima su venganza que uno logra entenderla, aceptarla e incluso compartirla. Y tarde o temprano, a pesar de que no aprobemos sus métodos sádicos, una sonrisa se nos dibujará en el rostro porque, a pesar de ser estereotipos exacerbados, no por ello están menos basados en la realidad, porque, de una manera u otra, uno no puede evitar verse reflejado en la pantalla. El asco está ahí, en nosotros, con nuestras creencias, ideologías y valores. La violencia existe, forma parte de lo cotidiano, y los que detentan el poder la ejercen cotidianamente sobre los que no lo hacemos, aunque por lo general de formas no tan explícitas. Somos concientes de que no hay forma de escapar de ello. Entonces, aunque prefiramos no admitirlo y negarlo hasta el cansancio, el deseo infantil e idealizado de ser el que imparte justicia por mano propia suena por momentos tentador. Y a bordo de nuestra moto, con un riff machacado y un doble bombo haciéndonos compañía, soñamos con liquidar uno a uno a esos hijos de puta.